Es difícil definir lo que hoy es el teatro o la danza, o el teatro del cuerpo, o la danza-teatro, o el arte de acción, el arte de conducta, la performance…., porque las artes han transgredido límites, se transforman y responden al signo de nuestra época. Una transformación que tiene que ver con la ruptura con la tradición clásica, de una visión del teatro basado en la representación y en la mímesis, hasta llegar a un teatro más contemporáneo que trabaja por crear un nuevo lenguaje, un espacio diferente para el actor artístico, el espectador y la figura del intérprete convertido en Performer.

El arte de la performance es aquél en el que el trabajo lo constituyen las acciones de un individuo o un grupo, se acentúa el valor del fragmento, la incoherencia, la espontaneidad…, puede ocurrir en cualquier lugar, iniciarse en cualquier momento y puede tener cualquier duración, cualquier situación que involucre cuatro elementos básicos: tiempo, espacio, el cuerpo del artista y una relación entre este y el público.

Pero lo que se ve en muchas de estas performances, es que el actor busca imperiosamente el efectismo escénico –se envasan al vacío, tecnología e imagen a saco, escupen canicas, se cortan el pelo en escena, etc…., se centran mucho más en encontrar elementos y acciones con efecto, que en el análisis, la investigación y la profundidad de sus pensamientos, de su concepto… Y para el público entonces la performance se convierte en una “paja mental” que ni entienden, ni les interesa.

…después se escuchan cosas como: “el público no era el adecuado”, “no tienen cultura contemporánea”  y otras muchas reflexiones finales estúpidas como esta. Cuidadín, cuidadín….

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